Incluso en tiempos tan oscuros como estos, ahora es el momento de hablar de liberación. Los actuales conflictos militares iniciados por Estados Unidos e Israel han puesto de manifiesto la fuerza y la presión continuas de las dinámicas y los procesos globales, en una situación en la que el mercado mundial parece a la vez fracturado y eficaz. Ante la proliferación de guerras y regímenes bélicos, se necesitan nuevas teorías y prácticas de internacionalismo para organizar la resistencia frente a estas amenazas. Sin embargo, un nuevo internacionalismo debe también crear un proyecto positivo, sentando las bases de una lucha común por la liberación. Este artículo se centra en esta conexión necesaria entre el internacionalismo y una política de liberación. No obstante, antes de abordar el internacionalismo, debemos hacer balance de los peligros y los límites de las formas actuales de imperialismo y guerra, en parte porque las persistentes dinámicas militares y económicas globales confirman la posibilidad y la necesidad de una política internacionalista en la actualidad.
Contemplar el mundo en el reflejo de Ormuz
Los ataques masivos contra Irán que comenzaron a finales de febrero de 2026 han puesto de manifiesto, sin duda, los límites del poder estadounidense e israelí. La resistencia de Irán a los ataques y su supervivencia han revelado una nueva modalidad de guerra asimétrica, simbolizada por el estrecho de Ormuz. La estrategia de Estados Unidos e Israel consistía en atacar lo que percibían como el centro del poder iraní. Se suponía que los asesinatos selectivos de figuras clave del ámbito político, religioso y militar, así como los ataques contra instalaciones militares fundamentales e infraestructuras estratégicas, precipitarían la caída del régimen y anularían sus capacidades militares. En cambio, a pesar de las enormes pérdidas, las estructuras descentralizadas y en red del poder político y militar de Irán demostraron ser resistentes. Esto se asemeja, pero también difiere en aspectos importantes, de las hipótesis anteriores sobre la guerra asimétrica, que se ha basado principalmente en tácticas de guerrilla y milicias no estatales que se enfrentan a una ocupación militar. Irán ha desarrollado una estrategia estatal que funciona aunque no haya una fuerza de ocupación a la que atacar. La descentralización ha permitido a Irán resistir los bombardeos extremos y conservar algunas capacidades militares efectivas.
Lo más significativo fue la conversión del estrecho de Ormuz en un arma por parte de Irán, que se ha convertido en un centro logístico primordial cuya importancia se extiende mucho más allá del mercado petrolero. Con pequeñas embarcaciones de ataque y minas —o incluso simplemente con la amenaza de utilizarlas—, Irán ha perturbado eficazmente no solo el mercado energético mundial, sino también, como explica Adam Hanieh, el mercado alimentario mundial, que requiere fertilizantes para los métodos actuales de producción agrícola. Irán, dada su posición geográfica, ha convertido la dependencia del transporte marítimo a través del estrecho en un arma que amenaza especialmente a las economías y las estructuras de poder de la región. El modelo de desarrollo económico del Golfo, de enorme éxito, con sus relucientes aeropuertos y sus resplandecientes horizontes urbanos, se vino abajo en cuestión de días, surgiendo tensiones entre los Estados y, sobre todo, entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Estas divisiones también desbarataron el proyecto israelí de alianzas regionales en materia económica y seguridad. Sin el apoyo de estas alianzas, las guerras expansionistas de Israel —incluidas las actuales incursiones militares desde el sur del Líbano hasta Beirut— se encuentran de repente en un terreno menos estable, dejando poco más allá de la lógica de la ocupación militar, la limpieza étnica y la anexión territorial para justificar su continuación.
Además, en el estrecho de Ormuz, Irán también ha logrado poner al mercado mundial en contra de Estados Unidos, demostrando la persistente interdependencia del sistema capitalista global. Estados Unidos lleva mucho tiempo buscando la independencia energética y creía haberla alcanzado mediante el aumento de la producción nacional de petróleo y gas. Pero la reacción del mercado mundial ante el cierre del estrecho de Ormuz demostró que tal autonomía no es posible. Algunas regiones sufren más que otras las consecuencias de las interrupciones logísticas y el aumento de los precios de la energía, pero incluso las economías supuestamente independientes se ven profundamente afectadas. El mundo no es plano, pero el mercado mundial sigue imponiendo su poder y sus condiciones, precisamente a través de las fracturas que lo atraviesan cada vez más. Resulta irónico que Irán, relativamente aislado en el sistema internacional, sea la nación que demuestre la persistencia de las dinámicas globales y la inevitabilidad de sus presiones.
En los primeros días de esta oleada de bombardeos estadounidenses e israelíes, su armamento militar, potenciado por la inteligencia artificial y los sistemas de vigilancia, parecía invencible; sin embargo, a estas alturas, la situación ha puesto de manifiesto los límites reales de su poder. La fuerza destructiva de estos arsenales letales es innegable, al igual que el sufrimiento que causan. Y, sin embargo, toda esa potencia de fuego ha demostrado ser incapaz de alcanzar los objetivos declarados y de derrotar a un enemigo con capacidades militares muy inferiores. Una vez más, la guerra asimétrica ha dado un vuelco a las suposiciones.
El memorándum de entendimiento firmado por Estados Unidos e Irán el 17 de junio no ha alterado sustancialmente la situación. Simplemente confirma el estancamiento, que no conducirá a una paz real, sino más bien a la continuación del régimen de guerra, es decir, una racionalidad gubernamental que incluye una generalización de los enfrentamientos militares de baja y alta intensidad, junto con una militarización de las relaciones económicas y sociales. La guerra deja de ser una condición excepcional y se convierte en un mecanismo permanente para gobernar un mundo fracturado. Este régimen de guerra se desarrolla en el contexto de la presencia y la presión persistentes de las dinámicas y los procesos globales que son tan evidentes en el estrecho de Ormuz.
Estas dinámicas y procesos globales, aunque a menudo invisibles, se encuentran en el corazón del régimen de guerra global que se está desarrollando. ¿Cómo podemos intervenir en estos procesos y trazar nuevos caminos para destruir y superar este estado perpetuo de perturbación y destrucción? ¿Qué tipo de internacionalismo puede hacer frente a la actual coyuntura de guerra?
Un internacionalismo a varios niveles
Aunque muchos académicos y activistas consideran que los llamamientos al internacionalismo están lejos de nuestra vida cotidiana y de las luchas concretas en las que invertimos nuestras pasiones, Debe quedar claro que las posibilidades que ofrece el internacionalismo hoy en día distan mucho de ser abstractas. No debemos quedarnos atrapados en los viejos debates entre lo global y lo local, como si se tratara de opciones y ámbitos excluyentes.
Por un lado, las presiones y fuerzas globales son muy reales y están muy presentes en las situaciones locales cotidianas, de una forma que puede ser diferente a la del estrecho de Ormuz, pero no por ello menos efectiva. Por otro lado, ya se vislumbran numerosas conexiones concretas y poderosas resonancias entre las luchas locales, pero es necesario resaltarlas y desarrollarlas.
Uno de los éxitos del movimiento altermundialista a principios del milenio fue trazar las conexiones entre la producción y el consumo. Por ejemplo, los Estudiantes Contra la Explotación Laboral (Students against Sweatshops) demostró cómo la ropa y los artículos que se venden en las grandes cadenas de tiendas de San Francisco y Londres se basan en condiciones laborales abominables en Camboya y Vietnam. Puede que estas conexiones no sean visibles de inmediato, pero están justo bajo la capa superficial.
La totalidad del capital global se resiste a ser representada, como han señalado muchos, entre ellos Fred Jameson. El proyecto cinematográfico inconcluso de Eisenstein sobre El capital puede servir como emblema de esta dificultad. No obstante, podemos revelar algunas de sus trayectorias y manifestaciones, así como las estructuras de poder concretas y los actores en los que se sustenta. Además, el mundo que crea el capital —o, para ser más precisos, el mundo que resulta de las múltiples formas de explotación capitalista y despojo del trabajo vivo y de las poblaciones subalternas— dista mucho de ser homogéneo. Se define más bien por vectores tanto homogeneizadores como heterogeneizadores, compuestos por diversos regímenes políticos, económicos y sociales. Aunque la totalidad no pueda ser comprendida en su totalidad, podemos alcanzar una comprensión parcial y funcional de los contornos y el funcionamiento del capital global.
Al igual que el mundo capitalista es heterogéneo, también lo son las luchas que se le oponen en todo el mundo. La multiplicidad y la diversidad de estas luchas constituyen la base y el punto de referencia inevitables para cualquier proyecto internacionalista hoy en día. Por lo tanto, dicho proyecto debe tener una constitución mixta y llevarse a cabo en varios niveles que funcionen conjuntamente.
Aunque el internacionalismo debe ser un proyecto de insurgencia que combata el orden existente, incluso los Estados-nación y las instituciones supranacionales pueden aportar valiosas contribuciones en un nivel determinado. En algunos aspectos, esto da continuidad a las tradiciones internacionalistas del siglo XX de colaboración entre Estados y movimientos, desde el Komintern hasta Bandung. En años anteriores, por ejemplo, los proyectos de alianza regional entre gobiernos progresistas de América Latina apuntaban hacia una alternativa al neoliberalismo y al Consenso de Washington —y funcionaban como tal—, de forma limitada y a pesar de sus contradicciones. Más recientemente, la demanda por genocidio presentada por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia puso de manifiesto otra vía institucional. Sudáfrica utilizó eficazmente la infraestructura institucional supranacional para abrir un nuevo espacio a los movimientos de apoyo a Palestina en diversos contextos nacionales. El caso empoderó a los movimientos, en parte, al validar la acusación de genocidio en términos jurídicos.
Sin embargo, los Estados y las instituciones supranacionales, aunque pueden desempeñar un papel significativo, no pueden ser la única ni siquiera la principal fuerza del internacionalismo hoy en día. Los movimientos sociales y los proyectos activistas son la fuente de la innovación política y son componentes necesarios de cualquier proyecto internacionalista. Debemos considerar los movimientos sociales más allá de la simple imagen de pancartas y marchas, así como de las interpretaciones restrictivas que ofrecen los modelos sociológicos. Los movimientos abarcan un gran abanico de prácticas y comportamientos colectivos que se enfrentan activamente a las estructuras de poder institucionales o coexisten en tensión con ellas. Además, debemos liberar nuestra concepción de los movimientos sociales de las antiguas divisiones entre teoría y práctica. Los movimientos son también incubadoras conceptuales que desarrollan colectivamente conceptos e interpretaciones funcionales del mundo.
Es importante destacar que el internacionalismo debe ser un proyecto desarollado en distintos niveles también en circunstancias exepcionales. Uno de los obstáculos a los que se enfrentó el movimiento altermundialista fue la suposición de que, para intervenir en los procesos globales, había que viajar a los centros de poder y a las cumbres, desde Seattle hasta Gotemburgo y Génova. Esto creó una especie de división del trabajo entre los activistas que podían viajar al extranjero y los que se quedaban a trabajar en contextos locales y arraigados, lo que dio lugar a una especie de punto muerto que, con el tiempo, restó fuerza a los movimientos. Lo que defiende una concepción multinivel es que existen muchos caminos o modos de intervenir en los procesos de poder globales, y que las luchas internacionalistas pueden comenzar en el barrio o la ciudad, la nación o la región, y desde allí enfrentarse a las estructuras más amplias. Uno de los retos, por tanto, es cómo conectar estos diferentes niveles y diversas geografías, reconociendo al mismo tiempo su naturaleza inestable y cambiante en el presente.
El internacionalismo de la resistencia
Los movimientos y redes de resistencia y solidaridad constituyen el contexto en el que el internacionalismo resulta más concreto y está más presente en la mente de muchos activistas. En los últimos años, el apoyo a Palestina y la oposición al genocidio israelí han impulsado los movimientos de resistencia internacionalistas más intensos y generalizados. Desde los campamentos de tiendas de campaña de los estudiantes hasta los bloqueos portuarios y las manifestaciones callejeras, Palestina ha servido como punto de conexión y síntesis. Los diversos intentos de la Global Sumud Flotilla por llegar a Gaza por mar y entregar ayuda humanitaria han sido tanto ejemplos destacados como catalizadores de la acción internacionalista. Además, el apoyo a Palestina ha dinamizado y se ha arraigado en el activismo centrado en cuestiones políticas locales y nacionales. La protesta contra el genocidio ha servido para ayudar a la gente a reconocer el panorama más amplio del régimen de guerra.
La constelación de fuerzas pro-palestinas también incluye a actores estatales y supranacionales. Además de Sudáfrica, como mencionamos anteriormente, Irlanda, España y otros Estados, así como la Asamblea General de las Naciones Unidas, han denunciado las masacres israelíes. Aunque las posiciones políticas de estas instituciones puedan resultar ambiguas, sus protestas siguen siendo efectivas, al menos a la hora de contribuir a deslegitimar las acciones genocidas de Israel.
Además, el derecho internacional está atravesando hoy un doble proceso. Por un lado, ha demostrado ser totalmente incapaz de abordar ni siquiera las violaciones más atroces, pero, por otro, están surgiendo una serie de nuevos llamamientos al derecho internacional e intentos de reformular su funcionamiento. Como sostiene Giso Amendola, el violento ataque al derecho internacional por parte de potencias como Estados Unidos —que históricamente han aplicado el derecho internacional de forma diferencial para satisfacer sus intereses y legitimar su hegemonía— no debe interpretarse simplemente como un signo de su agotamiento. Si bien el orden internacional liberal tradicional «basado en normas» puede haber llegado a su fin, está surgiendo, en su lugar, un terreno controvertido en el que las herramientas y los discursos jurídicos pueden forjar nuevos proyectos constituyentes a través de iniciativas estatales y movimientos sociales, abriendo nuevos horizontes para la lucha internacionalista.
En estos distintos niveles, el nombre de Gaza se ha convertido en un punto de condensación a través del cual se entrecruzan diversas experiencias de dominación, despojo, militarización y resistencia, creando las condiciones para el reconocimiento mutuo y la traducción política entre diferentes luchas. La traducción política no borra las diferencias, sino que crea la posibilidad de reconocer lógicas comunes de dominación y horizontes compartidos de resistencia a través de distintos contextos históricos y geográficos.
Desde esta perspectiva, las Américas se han convertido en otro terreno crucial en el que se vive y se cuestiona el régimen de guerra. La amplia resonancia de la solidaridad con Palestina en todo el hemisferio es un indicio de ello. Gaza se ha convertido en un punto de referencia no solo para los movimientos de resistencia, sino también, cada vez más, para las alineaciones políticas que atraviesan la región, como deja especialmente claro la estrecha relación de Javier Milei con Netanyahu.
¿Cómo debemos abordar, entonces, un internacionalismo de resistencia en las Américas, que se han convertido una vez más en escenario de agresión imperialista y de coaliciones reaccionarias? Podemos reconocer, para empezar, cómo el despliegue de violencia contra los migrantes y las poblaciones que los apoyan en las ciudades estadounidenses refleja los intentos imperialistas del Gobierno de EE. UU. de controlar a otros Estados del hemisferio mediante la violencia y otros métodos de coacción, incluido el secuestro de Nicolás Maduro y la «toma de control» del Gobierno venezolano, a lo que siguió rápidamente el intento de EE. UU. de estrangular y matar de hambre a Cuba. Las recientes declaraciones del Gobierno de EE. UU. para renovar y reforzar la Doctrina Monroe presagian la transformación de las Américas en un bloque cohesionado bajo control estadounidense, opuesto a la intervención «extranjera», incluidos, sobre todo, los proyectos de infraestructura chinos.
La creación de un bloque hemisférico, que trasciende las connotaciones estrictamente militares del término, se extiende al ámbito gubernamental. La ola de gobiernos reaccionarios en América Latina ha surgido para alinearse a los Estados Unidos y su llegada ha sido facilitada por ellos. Como sostiene Rodrigo Nunes, existe una compleja interacción entre el bolsonarismo en Brasil y el trumpismo en los Estados Unidos. No se puede comprender el auge y el funcionamiento de otros gobiernos de extrema derecha, incluidos los de Milei, Bukele y Noboa, sin situarlos en un contexto hemisférico. Las resonancias entre estos regímenes reaccionarios y sus políticas son evidentes, como destaca Pablo Stefanoni, entre otros, pero también existen conexiones materiales y financieras directas. Existe un claro nexo entre el proyecto de crear un bloque político y el autoritarismo de los distintos gobiernos y fuerzas políticas. Los regímenes bélicos de estas fuerzas de extrema derecha también configuran guerras internas contra segmentos de sus propias poblaciones, desde los inmigrantes y los indígenas hasta las comunidades feministas y queer.
La coherencia de las fuerzas reaccionarias en todas las Américas hace que sea ahora posible y necesario establecer conexiones internacionalistas entre los movimientos de resistencia. Tanto la oposición al ICE en Minneapolis como las protestas contra Milei en Argentina deben concebirse y organizarse con la mirada puesta en las luchas internacionalistas del hemisferio. En América Latina, para ser internacionalistas, los movimientos de resistencia y solidaridad también deben tomar forma a nivel regional, en consonancia con una larga historia de lucha bajo la bandera de «nuestra América», un nombre invocado una vez más por la caravana humanitaria a Cuba.
Al igual que los ejemplos de resistencia internacionalista orientada hacia Palestina que hemos esbozado anteriormente, las luchas internacionalistas en las Américas (así como las de Asia Meridional, África Occidental y otros lugares) se caracterizan por situaciones políticas e historias específicas y concretas. Y, sin embargo, existen conexiones potenciales entre ellas, más allá de las localidades y regiones, que, con organización, pueden materializarse. Y la necesidad de organización es aún más urgente, ya que las fuerzas contra las que luchamos se consolidan cada vez más a escala transnacional.
En muchos contextos de todo el mundo hoy en día, la lógica del nacionalismo y el proceso de constitución de bloques están, de hecho, directamente vinculados a las prácticas bélicas. En algunos casos, los proyectos nacionalistas reaccionarios —cuando las propias naciones son subcontinentes, como la India o Rusia— ya alcanzan el nivel de bloque. Israel ha intentado, como decíamos antes, vincular su impulso nacionalista para crear algo parecido a un bloque mediante alianzas con los Estados del Golfo y el apoyo, aún fiel, de Estados Unidos. El caso europeo es diferente, pero las presiones hacia el rearme y el peso creciente de las potencias nacionales y nacionalistas dentro de la Unión pueden acabar teniendo un resultado similar, especialmente ante la posibilidad de que surjan gobiernos cada vez más de extrema derecha. En todos estos casos, la resistencia a estas potencias, que fusionan nación y bloque con una lógica bélica, es un primer paso hacia una política antibélica y un proyecto internacionalista.
Internacionalismo de liberación
Las prácticas de resistencia son esenciales, y la resistencia, como hemos dicho, es la postura política que a menudo resulta más fácil de comprender, pero también debemos dar un paso más e iniciar un proceso de transformación colectiva. Aquí es donde el marco de la liberación debe ocupar un lugar central. Algunos podrían creer que, ante tiempos tan oscuros como los que vivimos hoy, en los que el horizonte de tantos se reduce a la mera supervivencia, nuestros objetivos deberían ser más modestos. Sostenemos, por el contrario, que ahora más que nunca es el momento de hablar de liberación. Necesitamos un marco positivo —que exprese no solo aquello a lo que nos oponemos, sino también aquello por lo que luchamos—. En las condiciones actuales, ante las dinámicas y los procesos globales de control capitalista y autoritario, solo una política internacionalista puede ofrecer un horizonte realista para la liberación.
La liberación es lo que distingue al internacionalismo de una concepción meramente geopolítica del antiimperialismo. El antiimperialismo en sí mismo no es una política. Hay que oponerse a las aventuras imperialistas, pero lo que realmente importa es abrir espacios en los que las tácticas de resistencia puedan conducir a horizontes estratégicos de liberación.
Pero, ¿qué significa la liberación en este nivel de análisis? ¿Qué criterios la distinguen? No hay respuestas sencillas a estas preguntas. Podemos intentar una definición general: la liberación es un proyecto para transformar, a través de las luchas, tanto las condiciones materiales de vida como las formas de subjetividad relacionadas con ellas, al tiempo que se descubren y desarrollan nuevas formas democráticas de convivencia y de cooperación social que nos liberen del individualismo y nos empoderen. Pero las definiciones generales solo nos permiten llegar hasta cierto punto. Nuestra comprensión de la liberación puede enriquecerse, en primer lugar, gracias a la larga y variada historia de los movimientos de liberación, que, sin embargo, deben reactivarse de forma creativa y sin nostalgia alguna, ya que el contexto político ha cambiado drásticamente, al igual que las subjetividades de los activistas en lucha. En segundo lugar, debemos mirar dentro de los propios movimientos: incluso en las condiciones más adversas, los movimientos de resistencia y solidaridad siempre están atravesados y sostenidos por nuevas relaciones que pueden servir de base para la liberación. La liberación no se logra con un acontecimiento que ocurre de repente y que los cambia todo, sino que es una lucha constante, que constituye el horizonte positivo de nuestros deseos políticos.
Es evidente que la liberación adoptará formas diferentes en función de los contextos geográficos y culturales, e incluso entre grupos de un mismo lugar. No debemos esperar que los proyectos de liberación feminista sean iguales a los de liberación de los sujetos racializados o la lucha obrera —y cada uno de ellos varía según las condiciones materiales y geográficas—. La dominación y la explotación nunca son idénticas de un lugar a otro, incluso cuando están impulsadas por fuerzas y lógicas comunes. En parte por esa razón, también difieren las historias, las composiciones sociales, las necesidades y los deseos de las luchas que surgen contra ellas. El reto no consiste en borrar estas diferencias, sino en construir prácticas de traducción a través de las cuales puedan integrarse en proyectos comunes de liberación.
La traducción, en este contexto, no es la búsqueda de una medida común o de una identidad compartida. Es una práctica política a través de la cual luchas heterogéneas establecen conexiones entre diferentes historias, condiciones y vocabularios, generando nuevas posibilidades de actuar en común al tiempo que se transforman en el proceso. En este sentido, el horizonte de liberación en el que pensamos está atravesado y habitado por una multiplicidad de experiencias, reivindicaciones e imaginarios —que, no obstante, pueden organizarse para generar un nuevo poder colectivo—.
Un internacionalismo de liberación, pues, no constituye per se una solución, sino más bien la problemática en cuyo marco deben abordarse las cuestiones políticas. No es el reconocimiento de que, en el fondo, todos somos iguales. El internacionalismo requiere una decisión estratégica y una dedicación a la organización política, estableciendo redes y multiplicando conexiones tanto geográficamente —a través de países, regiones y continentes— como políticamente —entre sectores del movimiento—. El internacionalismo proporciona, por tanto, un punto de vista, o incluso un método para orientar la acción política y la teoría política. Tomar el mundo —su unidad y sus fracturas— como referencia principal para abordar incluso las cuestiones más localizadas es la base para desarrollar el internacionalismo como proyecto político. Al trabajar y desarrollar las resonancias entre luchas y experiencias distantes, se pueden descubrir nuevos continentes políticos.
Nota: Este texto se elaboró para una presentación en el Parlamento Europeo organizada por la coalición «La Izquierda» el 10 de junio de 2026.
El artículo se publicó originalmente en el Portolan Journal el 20 de junio de 2026.
